Fragmento del Capítulo VI Parte II


Por el pasillo venían ahora Ernesto y, justo detrás, Marta que, sin duda, se habían encontrado en la confluencia de las escaleras. Juan observó que la psicóloga repetía la posición encogida del día anterior y sus brazos cruzados sobre su pecho parecían cubrir la necesidad de mitigar algún tipo de dolor interno. Por el contrario, Ernesto vestía una media sonrisa y un caminar distendido.

–Buenos días a todos –dijo Marta–. A partir de mañana prefiero que me esperéis abajo, en recepción.

La psicóloga no quiso explicar las razones de su petición. Abrió la puerta del despacho y accedió al interior. Los tres pacientes la siguieron. Ernesto y Juan repitieron asiento. Philippe se sentó a la derecha de Juan. Cuando todos se hubieron acomodado, de nuevo reinó el silencio mientras la psicóloga revisaba el informe diario en el ordenador.

–Bien, ¿quién quiere empezar? ¿Quizás tú, Philippe? Quiero agradecerte que por fin te hayas decidido a estar con nosotros esta mañana.
–Bueno. Hoy he venido porque tú me lo has pedido. Mañana no sé.

La voz de Philippe sonó misteriosa y altiva. Parecía que todo aquello no iba con él en absoluto. La forma de mirarle de Marta le hizo pensar a Juan que, para ella, se trataba de un caso complicado.

–Te lo he pedido porque tenemos trabajo que hacer. Por ejemplo, saber de qué quieres hablar, ya que has venido.
–No quiero hablar de nada en especial, pero si quieres te puedo contar el sueño que tuve anoche –dijo el francés con tono disidente.
–Bien, adelante.
–Anoche soñé que estaba en un huerto donde todas las verduras eran desproporcionadamente grandes. Las calabazas eran del tamaño de un coche; los tomates, como balones de fútbol; las lechugas, como arbustos de grandes, y así todo lo que veía…
–¿Y cuáles eran tus sensaciones al contemplar eso?
–Fascinación. Me quedaba mirando completamente alucinado con el gigantismo de lo que veía. Todo era completamente normal por su aspecto, por el olor y por la forma, salvo por su enorme tamaño. Sentía atracción, una enorme atracción que no podía controlar –continuó Philippe, como queriendo envolver a los que le escuchaban en sus sensaciones.
–¿Pero te sentías bien o mal? –volvió a preguntar Marta.
–Me sentía bien, muy bien.
–¿Y qué pensáis vosotros? –preguntó ahora Marta a los compañeros de Philippe.
–Yo no tengo ni idea. A mí no me pasa eso –contestó Ernesto con una sonrisa abierta.
–Pues yo no lo sé –dijo Juan–. Quizás siempre queramos cambiar la realidad por algo más exuberante, más atractivo, pero es verdad que los objetos que tienen un tamaño que no corresponde con su naturaleza son poderosamente atractivos. Yo siento lo mismo cuando veo, por ejemplo, un barco o un edificio enorme o un árbol gigantesco. No sé. Creo que el sueño de Philippe tiene lógica.

Ahora Juan sí visualizaba perfectamente la idea que su compañero transmitía en su relato. El ser consciente de esa aparente nimiedad en sí mismo le hizo sentirse extraño por un momento.

–Interesante reflexión, Juan. Atracción por lo desproporcionado. ¿Quieres decir eso?
–Sí, algo así.
–Lo desproporcionado es también, a veces, nuestra reacción ante lo que nos ocurre. Por ejemplo, Juan, ¿nos puedes contar qué pasó anoche cuando no pudiste hablar con tu hijo por teléfono?

Juan se sintió confuso y, de nuevo, descubierto. Las palabras de Marta convirtieron de repente su sentimiento de legitimidad en la reivindicación de la noche anterior en un nuevo objeto de análisis de su conducta.

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