Fragmento del Capítulo VIII Parte II


Al acabar la sesión de ejercicios, todos los pacientes se dis­persaron y en la terraza solo quedaron Jesús, Ernesto y Juan a los pies de las escaleras de acceso al salón. Al poco, tras la puerta, apareció la figura de un joven menudo, muy menudo, de unos veinte años, delgado como un flamenco, pero de talla escasa. Vestía aseado y llamativamente pijo. Venía solo y, al llegar al comienzo de las escaleras de la terraza, se detuvo y encendió, nervioso, un cigarrillo. Su cara estaba chupada y extremadamente seria y su pelo corto bien peinado. Sus dedos sujetaban el cigarro haciéndolo bailar al transmitirle un ligero temblor que se hacía más perceptible, amplificándose hacia el extremo del cigarrillo.

—¿Quién es este pajarillo? —le preguntó Juan a Jesús en voz baja.

—Ni puta idea.

—¿Eres nuevo, no? —preguntó Jesús, acercándose al mu­chacho—. ¿Has subido solo?

—Mis padres están con el director. Yo he venido a fumar, pero no me voy a quedar. Me llamo Jordi.

La voz del joven era extrañamente oscura, mezcla de niño y de viejo. A Juan, su aspecto le pareció definitivamente frágil.

Yo soy Jesús y estos son Ernesto y Juan. ¿Qué es eso de que no te vas a quedar?

—No, no. No me quedo. Solo hemos venido a conocer el centro. He tenido últimamente algunos problemillas con la coca, pero ya les he dicho a mis padres y al doctor que no se volverá a repetir. No va a hacer falta que me quede —dijo el chico, mientras aceleraba el baile del cigarrillo entre sus dedos.

—Ah, vale. Si son solo unos problemillas… —dijo Jesús con tono neutro, pero expresión descaradamente jocosa.

—Que sí, tío. Lo único que ha pasado es que mis colegas me han liado y he salido demasiado y mis padres se han mos­queado, pero yo sé que me puedo controlar. Yo no necesito estar aquí.

Por la forma de expresarse, parecía evidente que el joven ya había repetido ese argumento varias veces esa mañana.

—Vale, Jordi. De todos modos, si al final te quedas ya sabes dónde estamos —dijo Jesús, volviéndose hacia sus dos com­pañeros, sonriendo.

—No, no. No nos veremos aquí. Me bajo, hasta luego.

El muchacho se dio la vuelta rápidamente y desapareció como había llegado.

—Joder, que tipo más raro —dijo Juan.

—Me parece que este está más perdido que un pulpo en un garaje —sentenció Ernesto con su gracioso acento gallego.

—Estos niñatos no se enteran de nada —continuó Jesús, como si fuera un experto anciano—. No lo han pasado toda­vía lo suficientemente putas como para reaccionar. Yo creo que lo tienen mucho más jodido que nosotros.

—Pues ojalá yo hubiera tenido la oportunidad de ser cons­ciente del peligro del alcohol cuando tenía su edad. A lo mejor hubiera parado antes y todo hubiera sido distinto, pero yo ni siquiera sabía entonces que tenía un problema. Pensaba que bebía más que los demás porque simplemente yo era capaz de controlar mejor que mis amigos. Así de triste.

De su propia reflexión, a Juan le quedó sobre todo la sensa­ción de acertada y brillante.

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