Champán para niños


Ocurrió hoy mismo en un campo de fútbol de Madrid. Sobre las tres de la tarde finalizaba el encuentro de liga de mi hijo de trece años. Lo puedo contar porque, como en casi todos los partidos de Manu, yo estaba allí. Vocación de padre apoyando la vocación de su hijo. En esta ocasión el equipo de Manuel fue derrotado en un gran partido. Juego limpio, deporte y deportividad (por cierto, creo que el fútbol de los chavales debería ser la escuela del futbol de los adultos, y no al revés).

Pero el tema que os quiero contar es otro bien distinto. Como consecuencia de la victoria, el equipo rival logró el ascenso de categoría. ¡Enhorabuena! ¡Hay que celebrarlo! Y tras saludarse y felicitarse entre los jugadores de ambos clubes, los chavales, victoriosos, contentos y con legítimo orgullo por su resultado, se fueron al encuentro de su afición, formada en su mayoría por sus propios padres, madres y familiares. Su entrenador se unió enseguida a la fiesta.

Hasta aquí todo bien. Los jóvenes cantaron, saltaron, se abrazaron … Se atrevieron incluso a mantear a su “míster”. Todo era alegría juvenil, celebración y aplausos. ¡Bravo! Hasta yo me contagié. Daba gusto verlos.

Pero ocurrió algo más: en medio de la fiesta, un par de padres de jugadores se acercaron al alegre grupo con una bolsa. De su interior sacaron un par de botellas de cristal. Réplicas exactas de botellas de champán. Si, efectivamente se trataba de un par de litros de “Champi”, el tendenciosamente llamado “champán para niños”. A todos los adultos presentes, progenitores responsables de sus hijos de doce y trece años, les pareció una ocurrente idea. ¡Celebremos con Champi! ¡Igual que hacemos nosotros con champán! Parecían decir ¡No os preocupéis, nosotros os abrimos las botellas! Y las abrieron. Y los jóvenes jugadores, de inocente corazón, deseosos de crecer, de estirarse hacia arriba, de imitar a los adultos, no tardaron en replicar, a su manera, el ritual que tantas veces antes, a pesar de su corta vida, seguro ya habían visto. Tomaron las botellas, se las disputaron, bebieron a morro y se salpicaron unos a otros tras agitar aquel elixir dulce y burbujeante.  Mientras, sus padres y madres aplaudían y animaban con efusión las evoluciones de sus hijos.

Y fue así como aquella inocente y vital celebración de unos jóvenes de trece años se “normalizó” convirtiéndose en el estándar de las fiestas de adultos. ¡Con champán, como dios manda! Esas jóvenes almas libres aprendieron de este modo el social condicionamiento. En una sola lección, directamente impartida por sus mismos padres y madres, se instruyó a aquellos pupilos sobre la forma correcta de celebrar la felicidad: con alcohol. Y como de momento son muy jóvenes, se les va entrenando con esta pócima-sucedáneo: Champi, el champán para niños.

Os cuento esto porque siento que es más que necesario y urgente, tomar de una vez conciencia de que somos los adultos, padres y madres, los principales responsables de la transmisión de esta “tradición” naif y sinsentido. Este ritual heredado y de obligado cumplimiento, esa superstición consistente en vincular inexorablemente la alegría y la celebración al consumo de alcohol. Como si esa fuera la única manera, como si no hubiera otras opciones para festejar con júbilo, gozo y placer plenos.

Por favor, dejemos de condicionar a nuestros hijos con nuestros apegos y supersticiones. Dejemos que sean ellos mismos quienes elijan en libertad.  Por Amor por ellos, ¡¡ rompamos el maldito hechizo !!

Gracias

Por la Libertad y el Amor. Por nuestros hijos.

Justo Fernández

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *