Nota del autor


Justo Fernández

Querido lector,

esta historia es ficción, si bien está basada en la experiencia de mi ingreso en la Clínica Capistrano para el tratamiento de mi adicción al alcohol y a la cocaína. Fueron tres meses de internamiento de una intensidad humana que he creído merecedora de compartir a través de esta novela.

Los personajes que aparecen en este relato (pacientes, terapeutas, amigos, familiares …) son también ficticios, aunque se nutren también de las vivencias compartidas conmigo por personas reales. Sin embargo, en el caso de mis compañeros pacientes, a los que guardo en mi corazón un reverencial amor y respeto, mi mayor motivación ha sido preservar su intimidad. En todos los casos he modificado sus perfiles biográficos y personales, así como la cronología de los hechos. De ninguna manera se puede vincular ninguno de los personajes descritos a ninguna de las personas que conmigo coincidieron a lo largo de mi estancia en el centro.

Por desgracia, en la sociedad actual, el trastorno adictivo (así como otros desórdenes de la personalidad), todavía está considerado como una enfermedad maldita; y eso cuando al menos se acepta a regañadientes que la adicción es una enfermedad y no una mala conducta elegida en libertad por el enfermo. La realidad es que el adicto, incluso cuando ya esté plenamente recuperado, se ve obligado a esconder su historia avergonzado, o se expone a ser implacablemente juzgado.

Ojalá esta historia, ayude a desmitificar y desarmar este tabú. No en vano estamos hablando del profundo sufrimiento y de la necesidad de ayuda de personas, de seres humanos de carne y hueso, en alguna etapa concreta de su vida. Mi experiencia personal me ha hecho ver que, entre los adictos y las personas “normales”, es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Todos estamos unidos por el derecho inalienable a la transformación personal, a buscar nuestra esencia, nuestra plenitud, una y mil veces, mientras nos dure la vida, todas las que haga falta.

En eso, nadie es diferente a nadie.

Justo Fernández