Crítica literaria


TU COCAÍNA Y LA MÍA (Diario de un narcisista).
Autor: Justo Fernández.
Año de publicación: 2016.
Editorial: Cuatro Hojas.
Páginas: 372

Reseña de Alfredo V. Oliveria, Profesor de Filología Hispánica y crítico literario

La imagen puede contener: Alfredo V. Oliveira, sentado
Alfredo V. Oliveira

Tu cocaína y la mía es una novela que va “in crescendo”. Desde la sórdida analepsis inicial en un hotel cualquiera hasta el epílogo uno no puede dejar de leerla. A cada página sientes la necesidad de seguir indagando en la trama hasta que llegas a un desenlace que te deja con la boca abierta. Lo que los filólogos llamamos pomposamente “diégesis narrativa”, es decir, el argumento trata una historia que a pesar de ser cotidiana, no deja de ser excepcional. Un hombre de mediana edad, Juan, ingresa en una clínica de rehabilitación en Palma de Mallorca para intentar librarse de sus politoxicomanías. Por allí se pasearán algunos médicos, psicólogos, terapeutas y otros pacientes con problemas similares a los suyos. Lo que en principio nos parece un narrador omnisciente en tercera persona va desgranando la historia de unos personajes muy al modo de Dostoievski, sus caracterizaciones físicas son las justas y necesarias, sin grandes descripciones, lo verdaderamente importante es el trato que el autor da a sus rasgos psicológicos. En el primer tercio de la novela hacemos el gran descubrimiento, la ausencia de monólogos interiores directos -el narrador los presenta mediante verbos de dicción- nos hace caer en la cuenta de que el verdadero narrador de la historia es Juan, testigo directo de todos los acontecimientos importantes. Este giro narrativo hace que el peso de toda la novela caiga sobre el propio protagonista, rotando alrededor de él el resto de personajes. Juan se convierte en una especie de Demiurgo o en el ciego Bululú del teatro valleinclanesco, el centro de rehabilitación es un teatro de guiñol en el que Juan intenta (y, a veces) consigue llevar los hilos de las marionetas.
Pero como decía el maestro Hitchcock, toda representación de arte narrativo, aunque sea de suspense, debe aportar en su argumento una historia de amor. Y nuestra novela guarda en su interior una hermosísima historia de amor. La de Mailena y Juan. Después de Juan, el personaje de Mailena es el mejor caracterizado, entra en escena al estilo de los personajes de John Dos Passos, sin apenas presentación, pero a través de sus múltiples confesiones llegamos a conocerla de manera impecable. Otro de los aciertos del autor es ceder la palabra a los personajes mediante el diálogo directo, con un cambio de registro lingüístico que se adapta perfectamente a cada uno de ellos.

El estilo de la novela es, desde mi punto de vista, impecable. Sorprende que sea una ópera prima. Lenguaje conciso y coherente sin abuso de las subordinaciones eternas (no todos podemos ser Sánchez Ferlosio y dominar la hipotaxis). La dureza del argumento, de nuevo acierta el autor, no favorece las figuras retóricas de estilo. Es por ello que aparte de alguna metonimia, anáfora, paralelismo o antítesis solo encontramos un auténtico tropo con finalidad puramente estética. La utiliza el autor para no caer en la vulgaridad y difuminar mediante un recurso literario la imagen de una masturbación. Y el resultado resulta bellísimo. Aparte de su final inesperado (por algunos), termina la novela con un hermosísimo epílogo a modo de carta que el autor le remite a su editora. La diferencia conceptual y de estilo entre lo narrado y el epílogo semeja a ese Dante que acaba de abandonar el infierno para retomar la senda del cielo de los justos.
Por lo tanto, recomiendo encarecidamente su lectura. El viaje iniciático de Juan es un renacer a la vida, un compendio de renuncias y de ansias de futuro. Salvando las distancias obvias, su lectura me ha recordado mucho a ese mismo viaje que inicia el Holden Cauldfield, de Salinger, en El guardián entre el centeno.

“No puede ser amor algo que te hace daño. Muchas veces confundimos el amor con el miedo a estar solos, y nos aferramos a cualquiera con tal de no enfrentarnos a la soledad. Eso no es amor, es dependencia. Mientras no la aceptemos, caeremos en el mismo error una y otra vez» (pág. 123).

Por Alfredo V. Oliveira.